jueves, 29 de noviembre de 2012

Un simple número divisible.

Han pasado casi tres años desde la última vez que te vi.
Hace casi tres años fue la última vez que dije un Te Amo.
Hace 1.095 días, te besé y sentí que tendría infinitas oportunidades de volverlo a hacer.
Hace 36 meses, me vi compartiendo el resto de mi vida contigo.
Pero muy al contrario de mí, hace tres años decidiste que tendríamos que tomar rumbos diferentes y que nuestros destinos serían en lugares completamente apartados.
Hace tres años se me partió el alma en pedazos porque tuve que renunciar a la persona con quien había imaginado el resto de mi vida.
Hace un máster, tres trabajos, tres casas, seis compañeros de pisos, muchos amigos y miles de litros de lágrimas, acepté lo que me dejaste de lección: a regirme por la lógica.
Mi demostración de que había aprendido fue dejarte ir, e hice lo humanamente posible para asumir que nuestros cuerpos, nuestras mentes y hasta nuestro lenguaje siguieron caminos diferentes.
La verdad es que a lo largo de este camino encontré felicidad, me enfoqué en mi, viví para mi, fui dueña y señora de la independencia que muchos de mi edad anhelan, y sobretodo, dejé de pensar en plurar.
Aunque por alguna razón quería que fueras parte de mi vida. Yo seguía pensando en ti, quería saber de ti, me alegraba infinitamente con las pocas buenas noticias que recibía sobre tu vida y no podía dejar de darle vueltas al por qué de tu partida, al por qué de anularme de tu vida, al por qué de no responder mis mails...
Me carcomía pensar que te había hecho daño y que esa era la razón de tanto silencio.
No tienes ni la más remota idea de cuántas noches recé para tener una oportunidad de hablar contigo y que me dieras una explicación. Le pedí mil veces a Dios por tu felicidad y que yo pudiera ser testigo de ella. Hasta que un día decidí dejar de victimizarme y tomar las riendas de lo que sentía por ti. Moví cielo y tierra para poder decirte todo lo que había acumulado en tres años... Encontré tu teléfono. Pero antes de llamarte, pasaron muchas cosas por mi mente: ¿Era esto amor? ¿Era malcriadez? ¿Mis ganas de llamarte correspondían a un acto egoísta?  ¿me atenderías? ¿Qué harías  ¿Me dejarías hablar? ¿Me odiabas?
Baaah! Me harté del monólogo que había sostenido por 3 años y llamé.
Y en menos de tres minutos, se rompió la magia. De la hipótesis salté a la conclusión. Supe que eres uno más entre 7 mil millones de personas, uno más de promesas incumplidas. Así, sin más. Un simple número impar pero no número primo, eres un simple número divisible y uno de los que estará en el medio de una lists hasta ahora interminable...
Hasta ese tercer minuto llegaron mis: What am I to you?, mis "Flaco, no me claves tus puñales por la espalda", mis "¿Qué otra cosa puedo hacer? si no olvido moriré" y el resto de canciones lamentables.
En el cuarto minuto de esa llamada, le di la bienvenida a mi presente y a mi futuro. Que los asumo con miedo, pero ya tengo The Walking Dead para enseñarme a vivir con pánico.

Eso sí, mi despedida no se acaba sin darte las gracias por regalarme a Cerati y por inspirarme culturalmente.

                                                                                                                                    Adiós.


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